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14/07/2013 13:30:28

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

«Hay un límite al llanto sobre las sepulturas de los muertos, y es el amor infinito a la patria y a la gloria que se jura sobre sus cuerpos, y que no teme ni se abata ni se debilita jamás; porque los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra.»

José Martí

 

Aunque la mayoría de los conspiradores para el asalto a los cuarteles de Bayamo y Santiago de Cuba provenían de células del movimiento en la región occidental de Cuba, la zona central también estuvo representada por seis jóvenes combatientes, entre ellos Roberto Mederos Rodríguez, nacido el 21 de febrero de 1929 en Sagua la Grande, ciudad al norte de la entonces provincia de Las Villas. 

Pero fue poco el tiempo que Roberto pasó en el terruño natal. El padre, presionado por la situación económica vivía el país, decidió probar suerte en La Habana, donde no le fue del todo mal pese a que —con Gerardo Machado en el poder— el día a día se torna cada vez más incierto y difícil. 

En la casa No. 360 de la calle Monte entre Amistad y Águila, transcurren los primeros años escolares de Roberto, segundo de los cuatro hijos del matrimonio Mederos Rodríguez. Como a todos los niños de su edad disfruta de los juegos activos como el tejo y pelota, aunque —según los escasos referentes biográficos existentes— su comportamiento resulta mucho más sosegado que el resto de los muchachos de la barriada, en pleno corazón de la Habana Vieja. 

En la escuela pública No. 21, situada en Rayo e Indio. En La Habana Roberto estudia hasta sexto grado. Sus resultados académicos notables, clara inteligencia y gusto por la lectura, hacen pensar en un futuro promisorio. Sin embargo, a los 14 años abandona los estudios y comienza a laborar en la sección filatélica de la librería «Venecia», ubicada en Obispo y Bernaza. 

Corre el año 1943 y una nueva Carta Magna avizora un nuevo período de legalidad institucional, inaugurado por Fulgencio Batista, y continuado por sucesivos gobiernos, que ya el joven Roberto Mederos vislumbra no resolverían los grandes problemas de aquella, su Cuba que sufre la represión política, los asesinatos de líderes opositores, una fuerte censura de prensa y, por si fuera poco, los desmanes de grupos gansteriles que controlan el negocio de la droga, la prostitución y los juegos prohibidos.

 

A la librería y populosos establecimientos y plazas que la circundan van algunos intelectuales y revolucionarios preclaros, incluso  militantes del Partido Auténtico que, descontentos con la línea de los gobiernos auténticos, se agrupan bajo la dirección de Eduardo Chibás, fundador del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). El popular líder promete cumplir las promesas traicionadas por los auténticos,  y en él millones de cubanos cifran sus ilusiones.

Y aunque todo auguraba el triunfo ortodoxo en las elecciones de 1952, los anhelos se verían frustrados por el Golpe Militar del 10 de marzo de 1952, hecho que en última instancia le hace definir a Roberto con mayor claridad cual sería el camino a elegir: «Hay que barrer con los politiqueros, y también con los batistianos y toda esta gente que se burla del pueblo, que traiciona la Patria», comentaba Roberto con compañeros de la agrupación Acción Juvenil Ortodoxa (AJO), de la cual llegó a ser Secretario Provincial en La Habana y mediante la cual estableció vínculos de amistad con Fidel y con otros jóvenes revolucionarios. 

Participa en actividades contra el régimen, actos de calle con los estudiantes,  manifestaciones y otras acciones riesgosas contra el régimen,  y ya como integrante de una célula se dedica  por entero al movimiento.  Al igual que los futuros moncadistas realiza prácticas de tiro en fincas alrededor de La Habana y en los Baños de Martín Mesa, en Guanajay. Su rico historial en la lucha contra el tirano y el prestigio ganado dentro del movimiento, lo hacen fiador de la confianza de Fidel y de ser escogido «para algo grande que no sabía qué era». 

En 2010, entrevistada por la colega Lourdes Rey Veitía, Petra Rodríguez, prima de Roberto, se refirió a la noche del 24 de Julio de 1953, cuando salió de su casa con el pretexto de un viaje con unos amigos a la playa: 

«Su muerte sorprendió. La familia más cercana lo hacia por esos días en Varadero en un velero. Que cosas más dispar, de la playa más linda del mundo a la realidad más cruel. […] Luego  su propia madre razonaba que aquello de regresar tarde en la noche con la ropa enfangada era porque estaba en las prácticas de tiro…». 

Dos días después, en el primero de una singular caravana de tres autos partiría rumbo hospital santiaguero «Saturnino Lora». En el carro, conducido por Abel Santamaría iban, además, Osvaldo Socarrás Martínez, Félix Rivero Vasallo, Gerardo Antonio Álvarez Álvarez, Juan Manuel Ameijeiras Delgado y Pablo Cartas Rodríguez.

En la última etapa de la acción y durante tres horas los jóvenes se enfrentan al enemigo hasta que, agotado el parque, son capturados torturados y, en deplorable estado, llevados al cuartel Moncada. Ninguno de ellos sobrevivió.  Allí, en las caballerizas, fueron asesinados.  

De nuevo las palabras de Petra Rodríguez: «Nunca me lo hubiera imaginado con un fusil en la mano, pero ya ve usted cuando tuvo que decidir lo hizo hasta el punto de entregar la vida. Hasta después de muerto Roberto nos sorprendió  cuando supimos de su hidalguía, la entereza y el valor de aquella acción donde dejo la vida».

Pero no, Roberto Mederos Rodríguez murió para vivir. El 26 de julio de 1953, este joven hijo de Villa Clara partió definitivamente hacia los brazos abiertos de la Patria agradecida.